...y dos.
Y el segundo, y último, de los cuadros de membrillos de este año. Óleo sobre lienzo pegado a tabla. 60 por 28 centímetros.
jueves, 22 de diciembre de 2011
miércoles, 21 de diciembre de 2011
"Luz propia"
A finales del otoño del 2002 Manuel Vicent publicó en su columna de El País un artículo titulado "Luz propia". Desde entonces, a finales de cada otoño, siempre me acuerdo de aquél artículo. Es suficiente con cambiar los hechos del 2002 por los del año en cuestión y ya está actualizado. Y la recogida y llegada a mi cocina de los membrillos, me sigue produciendo el mismo efecto sanador que la primera vez. Desde entonces, pocos son los años que he podido resistirme a pintar un cuadro con membrillos. Y he aquí uno de éste.
Les transcribo el artículo de Manuel Vicent de noviembre de 2002:
"En el árbol la luz de los membrillos era la misma que despide su amarillo en los bodegones de Zurbarán. Una tarde plateada de noviembre decidí realizar el acto místico de alcanzar esa luz con la mano. Al bajar el fruto desde las ramas a este mundo me encontré con que humeaba todavía el gas letal en el teatro de Moscú debido a la maldad de los hombres y para no ser menos cruel que ellos la naturaleza acababa de aplastar una escuela llena de niños en Italia. Primero ordené los membrillos por su tamaño en la cesta para formar un bodegón en la mesa. Afuera sucedían más tragedias. En el corazón civilizado de Europa se había incendiado un tren de pasajeros y contra una pradera color esmeralda se había estrellado un avión repleto de ejecutivos. Cada día se necesitan más polideportivos para extender y enumerar los cadáveres con una etiqueta colgada del dedo gordo del pie después de cualquier catástrofe. Desde la mesa ahora un resplandor de Zurbarán iluminaba los espejos, al tiempo que perfumaba la ropa blanca de los armarios. Contemplando este bodegón he podido soportar que George Bush se haya presentado en la cima del mundo como un gallo de acero dispuesto a extraer todo el petróleo de la tierra con un misil detrás de otro. Los membrillos han acabado de hacerse profundos en el frutero y contra su superficie ha ido resbalando indistintamente la música de Schubert y la voz de Ella Fitzgerald unos días más. Durante esa decantación hacia la belleza, en cada telediario han hablado con boca montaraz algunos políticos, pero el alma de los membrillos, aunque haya generado algunas pepitas negras, ha permanecido insensible a esas villanías. Para sí quisiera uno esta conquista. Una vez al año celebro este rito y por un momento en casa se instala el mismo aroma que había en la cocina de mis antepasados en el pueblo por el otoño. He puesto a cocer los membrillos en un caldero con abundante agua. Al verlos tiernos y con la piel ya cuarteada, he apagado el fuego, los he pelado, los he cortado en trozos y los he pasado por un tamiz. Mientras pesaba la pulpa y añadía el mismo peso en azúcar, la radio daba la noticia del desplome de la Bolsa, pero yo lo revolvía todo dentro de una olla hasta crear una sola pasta con los neuras propios y todas las desdichas. Durante media hora la he cocido a fuego lento removiéndola con una espátula de madera para que no se pegara en el fondo del alma. Después en un recipiente de cerámica la carne del membrillo ha quedado dorada como los mejores sueños."
A finales del otoño del 2002 Manuel Vicent publicó en su columna de El País un artículo titulado "Luz propia". Desde entonces, a finales de cada otoño, siempre me acuerdo de aquél artículo. Es suficiente con cambiar los hechos del 2002 por los del año en cuestión y ya está actualizado. Y la recogida y llegada a mi cocina de los membrillos, me sigue produciendo el mismo efecto sanador que la primera vez. Desde entonces, pocos son los años que he podido resistirme a pintar un cuadro con membrillos. Y he aquí uno de éste.
Les transcribo el artículo de Manuel Vicent de noviembre de 2002:
"En el árbol la luz de los membrillos era la misma que despide su amarillo en los bodegones de Zurbarán. Una tarde plateada de noviembre decidí realizar el acto místico de alcanzar esa luz con la mano. Al bajar el fruto desde las ramas a este mundo me encontré con que humeaba todavía el gas letal en el teatro de Moscú debido a la maldad de los hombres y para no ser menos cruel que ellos la naturaleza acababa de aplastar una escuela llena de niños en Italia. Primero ordené los membrillos por su tamaño en la cesta para formar un bodegón en la mesa. Afuera sucedían más tragedias. En el corazón civilizado de Europa se había incendiado un tren de pasajeros y contra una pradera color esmeralda se había estrellado un avión repleto de ejecutivos. Cada día se necesitan más polideportivos para extender y enumerar los cadáveres con una etiqueta colgada del dedo gordo del pie después de cualquier catástrofe. Desde la mesa ahora un resplandor de Zurbarán iluminaba los espejos, al tiempo que perfumaba la ropa blanca de los armarios. Contemplando este bodegón he podido soportar que George Bush se haya presentado en la cima del mundo como un gallo de acero dispuesto a extraer todo el petróleo de la tierra con un misil detrás de otro. Los membrillos han acabado de hacerse profundos en el frutero y contra su superficie ha ido resbalando indistintamente la música de Schubert y la voz de Ella Fitzgerald unos días más. Durante esa decantación hacia la belleza, en cada telediario han hablado con boca montaraz algunos políticos, pero el alma de los membrillos, aunque haya generado algunas pepitas negras, ha permanecido insensible a esas villanías. Para sí quisiera uno esta conquista. Una vez al año celebro este rito y por un momento en casa se instala el mismo aroma que había en la cocina de mis antepasados en el pueblo por el otoño. He puesto a cocer los membrillos en un caldero con abundante agua. Al verlos tiernos y con la piel ya cuarteada, he apagado el fuego, los he pelado, los he cortado en trozos y los he pasado por un tamiz. Mientras pesaba la pulpa y añadía el mismo peso en azúcar, la radio daba la noticia del desplome de la Bolsa, pero yo lo revolvía todo dentro de una olla hasta crear una sola pasta con los neuras propios y todas las desdichas. Durante media hora la he cocido a fuego lento removiéndola con una espátula de madera para que no se pegara en el fondo del alma. Después en un recipiente de cerámica la carne del membrillo ha quedado dorada como los mejores sueños."
martes, 20 de diciembre de 2011
"Moulin Rouge" John Huston (1952)
Con la de hoy, inicio una serie de entradas sobre películas o series de televisión que tienen como principal argumento la pintura o los pintores. Intentaré que haya, al menos, una semanal. Y empezamos con un clásico: "Moulin Rouge" de John Huston (a no confundir con algún más reciente y homónimo pseudofilm).
La película trata sobre la vida del pintor Henri de Toulouse-Lautrec. Se centra sobre todo en la psicología del artista y en sus relaciones amorosas, dejando de soslayo los aspectos más pictóricos, aunque éstos aparecen en momentos importantes de la narración cumpliendo una efectista misión y son muy bien utilizados por su director. John Huston realiza, en mi opinión, una dirección correctísima, con momentos excepcionales. José Ferrer, en el papel de Lautrec, realmente impresiona. Magnífica también la labor de Suzanne Flon. Colette Marchand, sobreactuada. Y la interpretación de Zsa Zsa Gabor no tiene nombre. Bueno, sí, pero no esperarán Vds. que un caballero escriba ciertas cosas...
Con la de hoy, inicio una serie de entradas sobre películas o series de televisión que tienen como principal argumento la pintura o los pintores. Intentaré que haya, al menos, una semanal. Y empezamos con un clásico: "Moulin Rouge" de John Huston (a no confundir con algún más reciente y homónimo pseudofilm).
La película trata sobre la vida del pintor Henri de Toulouse-Lautrec. Se centra sobre todo en la psicología del artista y en sus relaciones amorosas, dejando de soslayo los aspectos más pictóricos, aunque éstos aparecen en momentos importantes de la narración cumpliendo una efectista misión y son muy bien utilizados por su director. John Huston realiza, en mi opinión, una dirección correctísima, con momentos excepcionales. José Ferrer, en el papel de Lautrec, realmente impresiona. Magnífica también la labor de Suzanne Flon. Colette Marchand, sobreactuada. Y la interpretación de Zsa Zsa Gabor no tiene nombre. Bueno, sí, pero no esperarán Vds. que un caballero escriba ciertas cosas...
lunes, 19 de diciembre de 2011
"Dalí & I: The Surreal Story" Stan Lauryssens
Escribir un libro debe ser muy difícil. Imagínense escribir uno bueno. Es tal la avalancha de títulos nuevos y tan escaso el tiempo y el presupuesto que nos esforzamos en seleccionar lo máximo posible a fin de garantizarnos que no perdemos ni nuestro tiempo ni nuestro dinero. Hay tantos trabajos tan maravillosamente hechos que, a veces, perdemos el norte y no sabemos valorarlos.
Por eso, de tarde en tarde, es bueno dar con un libro como éste. Y yo, que no sabía de su existencia, me encontré con él de casualidad. Es bueno dar con un libro mal escrito, con una narración incongruente y mal enlazada. Unas supuestas memorias llenas de falsedades y de "realmente no lo viví pero me lo contó alguien que no recuerdo". Un libro en el que la calidad literaria lucha con la veracidad que se le supone a una biografía por ver cuál de las dos se arrastra más por el suelo. Ignoro si está publicado en español. Lo que sí parece cierto es que se prepara una película basada en el mismo y con Al Pacino como protagonista. Lo que no hace más que reafirmar mi opinión.
Y, como ya he dicho, de vez en cuando es bueno dar con un libro así porque te hace valorar el resto. De todas formas, si se encuentran con esa portada, yo de ustedes huiría...
Escribir un libro debe ser muy difícil. Imagínense escribir uno bueno. Es tal la avalancha de títulos nuevos y tan escaso el tiempo y el presupuesto que nos esforzamos en seleccionar lo máximo posible a fin de garantizarnos que no perdemos ni nuestro tiempo ni nuestro dinero. Hay tantos trabajos tan maravillosamente hechos que, a veces, perdemos el norte y no sabemos valorarlos.
Por eso, de tarde en tarde, es bueno dar con un libro como éste. Y yo, que no sabía de su existencia, me encontré con él de casualidad. Es bueno dar con un libro mal escrito, con una narración incongruente y mal enlazada. Unas supuestas memorias llenas de falsedades y de "realmente no lo viví pero me lo contó alguien que no recuerdo". Un libro en el que la calidad literaria lucha con la veracidad que se le supone a una biografía por ver cuál de las dos se arrastra más por el suelo. Ignoro si está publicado en español. Lo que sí parece cierto es que se prepara una película basada en el mismo y con Al Pacino como protagonista. Lo que no hace más que reafirmar mi opinión.
Y, como ya he dicho, de vez en cuando es bueno dar con un libro así porque te hace valorar el resto. De todas formas, si se encuentran con esa portada, yo de ustedes huiría...
domingo, 18 de diciembre de 2011
Bonifacio Alonso
Recoge la prensa de ayer sábado el fallecimiento del pintor Bonifacio Alonso. Nació en San Sebastián (en el 1933, 1934 ó 1943 según la fuente que consulten). Tras una azarosa infancia y juventud en la que desarrolló diferentes oficios, es a partir de su llegada a Cuenca y sus contactos con el grupo homónimo, que comienza su pintura a adquirir personalidad propia. Su obra, difícil de encuadrar, podríamos relacionarla con lo realizado por el Grupo Cobra, Roberto Matta o Willem de Kooning. Fue Premio Nacional de Grabado en 1993.
Recoge la prensa de ayer sábado el fallecimiento del pintor Bonifacio Alonso. Nació en San Sebastián (en el 1933, 1934 ó 1943 según la fuente que consulten). Tras una azarosa infancia y juventud en la que desarrolló diferentes oficios, es a partir de su llegada a Cuenca y sus contactos con el grupo homónimo, que comienza su pintura a adquirir personalidad propia. Su obra, difícil de encuadrar, podríamos relacionarla con lo realizado por el Grupo Cobra, Roberto Matta o Willem de Kooning. Fue Premio Nacional de Grabado en 1993.
sábado, 17 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
El síndrome de Stendhal
Ustedes, claro está, no lo notan. Pero ahí donde me ven, en ese mismo momento de la foto, yo estoy preso de convulsiones, sudores fríos, vértigos, tics nerviosos y el colesterol -el malo-malísimo- lo tengo por las nubes. Es el síndrome de Stendhal. Y la culpable, una de mis obras preferidas: la Madonna dei Pellegrini en la basilica di Sant'Agostino de Roma.
La principal intención de esta entrada es mostrar la obra en su entorno. Cuando vemos reproducciones de un cuadro, pocas veces tenemos la oportunidad de observar el lugar en el que éste se expone ni podemos hacernos una idea de su tamaño real (piensen que "La ronda de noche" se reproduce en los libros al mismo tamaño que un Vermeer). Y esto es particularmente importante cuando la obra se ha realizado ex profeso para dicha localización y el pintor tiene muy en cuenta este hecho. Y esto es lo que ocurre con esta Madonna dei Pellegrini y la Capilla Cavalletti de Sant'Agostino.
Si París vale una misa, estar a tan poca distancia de este Caravaggio, bien vale un paseo hasta la Ciudad Eterna.
Ustedes, claro está, no lo notan. Pero ahí donde me ven, en ese mismo momento de la foto, yo estoy preso de convulsiones, sudores fríos, vértigos, tics nerviosos y el colesterol -el malo-malísimo- lo tengo por las nubes. Es el síndrome de Stendhal. Y la culpable, una de mis obras preferidas: la Madonna dei Pellegrini en la basilica di Sant'Agostino de Roma.
La principal intención de esta entrada es mostrar la obra en su entorno. Cuando vemos reproducciones de un cuadro, pocas veces tenemos la oportunidad de observar el lugar en el que éste se expone ni podemos hacernos una idea de su tamaño real (piensen que "La ronda de noche" se reproduce en los libros al mismo tamaño que un Vermeer). Y esto es particularmente importante cuando la obra se ha realizado ex profeso para dicha localización y el pintor tiene muy en cuenta este hecho. Y esto es lo que ocurre con esta Madonna dei Pellegrini y la Capilla Cavalletti de Sant'Agostino.
Si París vale una misa, estar a tan poca distancia de este Caravaggio, bien vale un paseo hasta la Ciudad Eterna.
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